martes, 17 de julio de 2012

El síndrome de "estar quemado"




Justo ayer, leía el comentario de un “informado” seguidor de una página sobre el estrés. El caballero aducía que “el estrés no era malo, porque un investigador de Harvard había descubierto que estimulaba la alerta y atención hacia algo importante que estaba ocurriendo, y también la concentración para solucionarlo”… ¡Ah, y añadía a sus argumentos que se había constatado que “era bueno para la recuperación de operación de rodilla”! (¿?)


No pude reprimir la tentación de contestarle a tan significativo “enterado”, y le aclaré amablemente que, tanto en el artículo original sobre el estrés que estábamos comentando, como cuando se habla de “los males del estrés”, nadie se refiere a que “es malo”, per sé, sino a que perjudica a niveles altos y prolongados en el tiempo.

El estrés  (excesivo), “quema”

Evidentemente, el estrés, como muchas respuestas anímicas del cuerpo, es un mecanismo de protección o defensa del cerebro ante situaciones que lo precisan. Lo que llamamos estrés, es una sobrecarga puntual de adrenalina que intenta prepararnos para afrontar una tarea larga, pesada o un trance especial. Está programado para facilitarnos la acción rápida y el aguante del cansancio durante cierto tiempo, activando la alerta mental hacia el problema que nos ocupa. Pero, si esa tensión es muy intensa o dura demasiado tiempo- pongamos meses, años- es cuando la función del estrés, en principio sana, se vuelve disfuncional.

Por ejemplo, es lo que en el ámbito laboral se llama “estar quemado”. Y se puede “estar quemado” en otros ámbitos de la vida personal.


El “quemado laboral” o síndrome de Burnout

El estrés excesivo y prolongado por sobrecarga de trabajo, la dedicación exclusiva y en sobreesfuerzo, la decepción hacia los superiores o la desilusión por la labor a realizar, produce  en los profesionales de algunos sectores habituales sensaciones de agotamiento crónico, un desgaste progresivo, unido a desmotivación, irritabilidad anímica y otros síntomas, que fue descrito por primera vez en 1974, por el investigador Freudenberger,  como “síndrome de Burnout”.

El autor de ese primer diagnóstico, lo describía como: “una sensación de fracaso y de existencia agotada, como resultado de la sobrecarga por exigencias de energías, recursos personales o emocionales, del trabajador”. De ese modo, el síndrome de Burnout entró a considerarse un mal psicológico propio del ámbito laboral, sobre todo por la prolongada relación interpersonal y el esfuerzo en la atención.

Muchos investigadores, autores y médicos han dedicado estudios y textos a profundizar en este síndrome y sus consecuencias. En 1981, C. Maslach y S.E. Jackson, identifican el burnout como un “síndrome tridimensional”, dado que afecta con agotamiento físico y emocional, provoca despersonalización del profesional hacia quienes debe atender, y reduce la realización profesional de la persona que lo padece, quien desconfía de sus actitudes y desarrolla un autoconcepto negativo.  Estos mismos autores (Maslach y Jackson, 1981) crearon el método de evaluación del burnout más utilizado hasta la fecha, el Maslach Burnout Inventory (MBI), que consiste en una serie de tests que evalúan los sentimientos y pensamientos del trabajador en relación con su medio de trabajo.

Según las últimas investigaciones, entre ellas las de los ya citados Maslach y Jackson, pero también Pines y Kafry (1978), o Dale (1979) y Cherniss (1980), hay factores que determinan la tendencia a padecer un “burnout”:
  •     Si el profesional tiene deseos de destacar y obtener resultados brillantes, a nivel meramente individual y cuanto antes.
  •     Si conlleva estrés o problemas laborales y particulares.
  •    Si es demasiado autoexigente y con baja tolerancia al fracaso, es controlador, perfeccionista y/o ambicioso.
  •     O si se ve como indispensable en su puesto de trabajo.

Todo esto, puede empeorar si, además, la persona presenta características como:
  • ·         Incapacidad para compartir sus problemas o miedos laborales con familia o amigos.
  • ·         Dificultades para pedir ayuda a compañeros, o delegar parte del trabajo.
  • ·         Falta de preparación o adecuación para el puesto de trabajo.
  • ·         No compartir ideas con el grupo de trabajo o la empresa.
  • ·         Descansar poco o insuficientemente cuando está fatigado.
  • ·         Desear otro puesto de trabajo y no conseguirlo.


Evitar el síndrome del “quemado”

El profesional “quemado” se siente agotado emocional y físicamente, se muestra cínico y desganado ante sus compañeros y quienes debe atender, se desmotiva de lo que, inicialmente, le ilusionaba de su profesión, no consigue concentrarse en su trabajo. Pueden aparecer síntomas como desórdenes metabólicos, desequilibrios de la tensión arterial, insomnio, ansiedad, angustia, crisis de pánico, sentimientos de persecución o coacción, hipersensibilidad y falta de imaginar mejora en el puesto de trabajo o ilusión por el futuro.

En casos extremos de desgaste profesional y de “estar quemado”, muchos especialistas del síndrome recomiendan considerar el cambio de actividad o de lugar de trabajo.

Obviamente, para evitar el síndrome del profesional “quemado”, hay que evitar situaciones de estrés de larga duración.  Los especialistas recomiendan una serie de medidas, para afrontar el desgaste laboral:
  • Analizar todos los aspectos que rodean el entorno del trabajo
  • Establecer prioridades en el desarrollo de la carrera profesional
  •  Tratar de equilibrar las aspiraciones personales, profesionales, sociales y familiares.

Algunos investigadores del síndrome de burnout,  especifican que las personas con menos tendencia a contraerlo son las que poseen una personalidad resistente, positiva y con percepción de control sobre sí mismos; también aquellas con habilidades emocionales y las que, pese a las circunstancias, mantienen  el sentido del humor.

Antes de “quemarse”

En definitiva, la profesión o la dedicación laboral deben ocupar su lugar justo en nuestra cotidianidad, sin excesos o problemas que nos invadan la vida. Por eso es tan importante marcarse las prioridades que cada cual desea o considera como vital para sí mismo -entre ellas, el trabajo- y elegir en consecuencia. Saber dedicarse a la labor con efectividad y profesionalidad, no implica permitir, ni permitirse, abusos de energías que conduzcan al agobio y al desgaste. La salud, la familia y demás seres queridos, la propia felicidad y el propio bienestar, no tienen precio ni repuesto.



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